Reflexiones fantasiosas a cerca de una melodía.

Encontrar la calma a través de una pieza, un compás o un movimiento, te devuelve la serenidad en tu tarde, y hace que te pierdas completamente en ella; y tal vez cuando el lugar dónde la reproduces no supera los límites de tu imaginación, tu boca, de la nota y tarareas, la mejor interpretación no sale de otro lugar físico. Te envuelve, te consume, te asombra y te relaja, y al imaginártela te piensas en dónde quisieras estar.
Estoy sentada junto a la ventana, mirando cómo la nieve cae en el patio de la entrada de mi casa, en un camisón de algodón blanco adornado con flores bordadas y encaje en las orillas, y con una trenza en la cabeza, mientras leo una carta de la persona que más amo, contándome las experiencias que ha recabado mientras lleva a cabo su viaje en la capital.
Pasa por mi cabeza todo esto mientras que, sin haberla reproducido, escucho claramente en mis oídos y cabeza los acordes, notas y compases de “De Invierno a Primavera” de Carl Davis, de la banda sonora de Orgullo y Prejuicio.
Imagino la parte dónde reutilizan el tema de los Señores Gardiner más lenta y dulce, para ser utilizada en la escena, y yo recibo la calma por más breve que fuera el momento, y me adentro en mi cabeza, y recuerdo aquellas pacíficas expresiones que compartía Lizzy mientras leía los primeros párrafos de la carta de Jane desde la distante Londres. Recobro mi calma y mi paz, y viajo a través del tiempo y el espacio, para encontrarme a mi misma en la campiña inglesa, disfrutando a más no poder, lo que me ha brindado mi imaginación.
Llega entonces la seriedad, impregnada en el fragmento del reutilizado tema de las Señoritas Bingley, y me siento incómoda, al pensar en la presencia de esas mujeres y su hipocresía.
Y llego al párrafo de la carta en dónde ella me dice que tuvo que hacer una desagradable visita a una desagradable persona, tan sólo por la cortesía que era requerida en ese momento íntegramente de su parte, y cómo el tiempo fue por lo menos incómodo en aquella obligada visita de paso. En la carta que me ha enviado, leo su opinión sobre esta persona, y sobre los terriblemente imprudentes comentarios que le lanzó a ella en el transcurso de tan desagradable velada. Pero después de haber leído tan espantosa experiencia en el reverso del primer folio, llego a la parte en la cual me menciona cómo discretamente pudo burlar su descaro, con agudos e ingeniosos comentarios que provocaron la risa disimulada de aquellos presentes durante la velada, demostrando que lograron entender aquellas sutiles burlas. Regresa la gracia a mi mente, regresa la sonrisa y desde donde estoy (en mi cabeza), celebro su victoria a la distancia y le dedico mis graciosos pensamientos.
Termina el invierno de la canción, un poco serio aunque no tanto cómo al principio del fragmento, pero la primavera alegre y vivaz llega a reemplazarlo. Yo he decidido a dar un paseo entre la nieve del vecindario imaginado en mi cabeza, mientras escucho esta parte, que me tomo la libertad de denominar “movimiento”. El compás vivido de 6/8 se hace presente, mientras que la melodía se ve protagonizada por un piano, dejando los fragmentos entre los estribillos a cargo de un instrumento de cuerdas (un violín o algo parecido) que lo que provoca o agrega, es la sensación de ver a pájaros presentes en el paisaje.
Voy caminando alegre y dispuesta a disfrutar de lo que me rodea. Paseando entre los prados que caracterizan a la zona bella, voy pasando, con un buen abrigo azul, cubierta con una capa y rematando mi apariencia con un bonete que cubre mi cabeza y la protege del tan disfrutable clima frío. Se ven al rededor las flores azules y violetas que cubiertas por una delicada capa de nieve y escarcha, adornan el paisaje con bellos atisbos de colorida esperanza. Disfruto mucho del paseo y de los elementos del entorno que rodean a mi persona, camino tan pacíficamente de ida y vuelta, recordando mi propia sonrisa y a mi querida, con un sabor a té con azúcar en mi boca y pretendiendo que soy feliz.
Pero ahí no acaba mi experiencia, pues aunque la melodía tenga un final, en el reproductor de mi imaginación se repite en un bucle que me tiene adentrada en tan apolínea fantasía durante el tiempo que yo le defina, y así puedo sentirme o pretenderme plena por un rato más. ¿Por qué no disfrutaría de aquello si me es posible? El tiempo fluye, sin embargo me mantengo atrapada en un momento infinitamente apreciado, y aunque la mundanal existencia que me mantiene anclada a una vida diaria interrumpa el momento, vive en mí por siempre esta paz, en el más pequeño fragmento de tiempo en dónde pueda recordarlo, y en dónde pueda viajar. Y pretenderé tener paz, recordando los elementos de esta melodía que me ha hechizado.

Jorge Romero

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